¡Por Grera que dominaré todo el condado de Kalrait con mano de hierro!

–Steve Kalrait

Grera es la diosa del odio y de la tiranía. En vida, Grera fue la esposa de Kovash, un poderoso jefe orco que disfrutaba con el saqueo y la matanza. Incluso si él era el jefe de cara a la galería, era Grera quien realmente tenía la mente más brillante de los dos, y fue ella quien llevó a Kovash a su gloria, ya que era ella quien planeaba los ataques, aunque fuese él quien los ejecutaba.

Fue durante uno de estos ataques que Grera se encaprichó por atacar una ciudad, y Kovash, como siempre, atendió a sus caprichos de forma entusiasta. Kovash atacó la ciudad, pero, desgraciadamente, esta vez su ejército perdió, y tuvieron que sacar al poderoso jefe orco de la ciudad, malherido.

Durante los meses siguientes, Grera se dedicó a planear el siguiente ataque a la ciudad, y acompañaría personalmente a Kovash. Esperó pacientemente a que el orco se recuperase y a que pudiese moverse con soltura para volver a lanzar un ataque, y esta vez el ataque acabó con la destrucción de la ciudad, y con Grera sentada en el trono de la misma.

Grera decidió que era el momento de un cambio, y pidió a Kovash que llevase a aquella ciudad a toda su gente, la fortificarían y la ocuparían en lugar de saquearla, ya que le gustaba aquella localización, entre las montañas y el mar, con un camino pasando por aquella zona, donde podrían retener a los comerciantes que viajaran al norte o al sur por aquella zona, y robarles sus mercancías para la tribu.

Aquello fue una sentencia de muerte para Kovash, ya que poco después Grera recibió la noticia de que una muchacha había matado a su esposo. Grera montó en cólera, y, cuando la informaron de que habían encontrado a una chica malherida en su casa, con una guadaña manchada de sangre orca, la mestiza gruñó una orden: que le llevasen el cadáver. Uno de los orcos de la cueva de Kovash identificó a la chica como Serafine, y contó a Grera lo que había hecho, y el por qué.

Por una parte, Grera sintió respeto por el odio de la muchacha, y recordó que su esposo le había hablado, en la intimidad, sobre la intimidante mirada de una muchacha, que abrazaba al joven que le había herido y al que él había matado. La semiorco se preguntó si sería la misma muchacha, y ordenó que se diera a la chica un entierro digno, ya que había servido a la causa del odio. Sin embargo, los orcos más tarde la informaron de que el cuerpo y la guadaña habían desaparecido, como lo había hecho también el martillo y el escudo del altar que Kovash había ordenado no tocar. Ningún orco los había tocado, de modo que Grera se olvidó bastante rápido de ello.

Pasaron muchos años en los que Grera junto con sus orcos mantuvo aquella zona del mundo aterrorizada, bajo el pesado yugo de su dominación. Tiranizó el lugar y lo gobernó con puño de hierro, esclavizando a los humanos y llevando a los orcos a una gloria nunca antes conocida por las salvajes criaturas. Su muerte llegó tras dos décadas de poder, cuando una enorme oleada de humanos atacaron a sus ejércitos con poderosa magia, desde las montañas, usando la mayor defensa de su fortaleza en contra de su gente.

Grera fue asesinada en la batalla, luchando contra una gran cantidad de guerreros por sí sola, y, aun tras su muerte, los testigos de aquella batalla la siguieron reviviendo en sus pesadillas. Nunca olvidarían la resistencia, la furia y la brutalidad de aquella jefa de los orcos, que aun con varias lanzas, flechas y espadas clavadas en su cuerpo, seguía aplastando las cabezas de sus enemigos con su enorme maza de armas. Su muerte la llevó a convertirse en la diosa de la tiranía, y tras su muerte, se dice que su sangre marcó como suya aquella tierra, la cual seguiría siendo la zona favorita de Grera, incluso tras su ascensión a deidad. Se rumorea que la Fortaleza Negra, el plano de la deidad, está hecho a imagen y semejanza de la ciudad que Grera mantuvo durante décadas bajo su yugo, que estaba en la zona que a día de hoy ocupa el Condado de Kalrait.

En cuanto a sus relaciones con otras deidades, Grera respeta a Serafine y de hecho, no la tiene en mala estima, ya que desea que Serafine se una a ella, confundiendo el justo castigo y la venganza de Serafine con el odio simple y llano. Desdeña a Harkon, ya que le considera un cobarde por atacar mediante la enfermedad, y aunque es la mayor aliada de Kovash y ama al dios orco, lo cierto es que piensa que carece de miras y ambiciones. Odia con todas sus fuerzas a Valan, Elaa, Ilmeh, Astar y Eodas, ya que se oponen a ella, y desprecia a Hala porque, aun siendo caprichosa como Grera, lleva esperanza a la gente. Suele aliarse temporalmente con Qui'llah, ya que este tiraniza a los muertos, del mismo modo que Grera a los vivos.

Clérigos de Grera

Los clérigos de Grera rezan al atardecer, cuando el sol se pone. Los sacerdotes de la tiranía no están bien vistos en las Tierras Desoladas, aunque no tienen necesidad de esconderse. La mayoría de las ciudades civilizadas, aun así, no permiten que se construyan templos dedicados a Grera entre sus murallas.

Aun así, aquellas ciudades gobernadas por un siervo de Grera siempre tendrán un templo de la misma, y estos serán los jueces de la ciudad, aquellos que harán cumplir las leyes y los que impongan los castigos a los delincuentes, siendo una suerte de jurado en los juicios, pero también los principales vigilantes del gobernante. Si llegan a la conclusión de que este decepciona a Grera, el tirano será emboscado y asesinado a puñaladas por los sacerdotes más jóvenes, enseñándoles que no son solo ejecutores de la voluntad de la diosa, sino también qué les ocurrirá si la defraudan ellos mismos.

Los sacerdotes de Grera suelen multiclasear con guerrero, pícaro, asesino o guardián oscuro. No tienen fiestas o días especiales, pero al menos una vez al año han de revisar las leyes de sus tierras, por si es necesario endurecerlas. Los siervos de Grera, clérigos o no, no siguen jamás a ninguna otra deidad.

Dogma

Sirve a Grera, porque ella es el poder absoluto. Derroca a los gobiernos incompetentes y haz tuyas sus ciudades en nombre de Grera, gobierna con mano de hierro y no permitas que te contradigan, aunque escuches los sabios consejos de otros siervos de la Señora. El derecho de sangre no es nada en comparación con el derecho ganado con el derramamiento de sangre, de modo que no debes permitir bajo ningún concepto que se juzgue tu derecho a ostentar el poder, porque se estará juzgando el derecho de la misma Grera.

Sé riguroso en tus decisiones y busca siempre que tus leyes se cumplan, por las buenas o las malas. Recuerda no solo castigar a los que se te oponen, sino también recompensar a aquellos que te sirvan con auténtica fidelidad, porque ellos honran a Grera. Recuerda que cada ley que impongas es palabra de Grera, de modo que nadie estará por encima de ellas ni deberá instaurarlas por beneficio propio, ni siquiera tú mismo. La corrupción es debilidad, y quien la practique deberá ser eliminado.

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