Kovash es el dios del saqueo y las matanzas indiscriminadas. Poco se sabe de sus primeros años de vida, excepto que provenía de las Islas Esmeralda. Tras llegar al continente, el exótico orco derrotó en combate al jefe de la más poderosa de las tribus cortándolo en dos con su enorme nodachi. De este modo se ganó la atención no solo de las demás tribus, a las que unificó y convirtió en una sola, sino que además se ganó el respeto y la pasión de una mestiza que compartía su amor por el saqueo y la matanza, llamada Grera, la cual no solo se convirtió en su amante, sino también en su esposa.

Habiendo sido, en su vida mortal, un poderoso cacique orco, la vida de Kovash estuvo llena de violencia, ya que si había algo que este brutal jefe orco amaba (aparte de a su esposa Grera), era la batalla, y aun más que eso, el asesinar a los débiles y los indefensos, porque, según su punto de vista, solo los fuertes debían sobrevivir.

Por este motivo, se sabe que Kovash destruía cada lugar por el que pasaba, pasando a cuchillo a los débiles y saqueando sus hogares. A Kovash no le interesaban todos los aspectos del saqueo, aun así, ya que nunca violó a ninguna mujer, aunque permitía que sus hombres disfrutaran de ese derecho como premio por sus servicios en batalla. Kovash pensaba que ninguna mujer débil merecía compartir su lecho, derecho que únicamente reservaba a su esposa.

Fue precisamente por capricho de esta que un día atacaron una pequeña ciudad, entrando como un maremoto de espadas, lanzas y hachas y buscando destruir a la población, para quedarse con el lugar.

No obstante, se encontraron con una inusitada resistencia, y Kovash fue herido gravemente cuando el martillo de un joven humano le golpeó en la rodilla izquierda. El muchacho clamaba justicia por las muertes de sus convecinos y gritaba un nombre, Serafine, de forma desesperada, buscando a alguien.

Cuando el chico iba a rematarlo, recibió una flecha en su pierna, y el malvado Kovash aprovechó la ocasión para hundir la espada en el pecho del joven. Entre varios orcos, sacaron a Kovash del lugar mientras este observaba a una joven que gritaba y lloraba mientras corría, gritando el nombre de Valan y finalmente abrazaba al muchacho fallecido. Y vio como esta alzó una mirada que el orco no olvidaría en semanas, porque iba dirigida a él.

Era la primera vez que el orco sentía algo parecido a la congoja, sintiendo como si tuviera un gran peso sobre sus hombros, agobiado por la fuerza de aquel odio en los ojos de la joven humana. Se estremeció, cuando se dio cuenta de cuánto se parecía aquella mirada a la de su esposa Grera. Tal vez había cometido un error. Tal vez debería habérsela llevado y haberle dado el honor que ninguna otra humana había tenido antes, pero decidió dejarlo pasar. Estaba malherido y no volvería a ver a aquella débil criatura. Ordenó la retirada de sus tropas y durante varios meses estuvo recuperándose, hasta que finalmente Grera decidió que debían volver a atacar aquel lugar.

Kovash obedeció el capricho de su esposa una vez más, y esta vez pudieron arrasar aquel lugar, con más facilidad de la esperada. Una vez todos los ciudadanos estuvieron muertos o encadenados para llevárselos como esclavos, Kovash observó algo que le llamó la atención. Había una gran cantidad de flores y ofrendas en el mismo lugar donde el orco había sido herido, y él observó, con mala cara, que el martillo y el escudo que habían usado para herirle estaban en aquel mismo lugar, como si esas muestras de respeto fueran dirigidas a quien le hirió aquella vez y salvó el lugar.

Cuando vio como uno de sus salvajes se lanzaba a destruir aquella afrenta, Kovash le rugió una orden en su áspero idioma: No destruir aquel altar. Si había algo que Kovash respetaba era la fuerza, y aquel joven le habría vencido de no ser por aquella flecha. Era algo que jamás admitiría en voz alta, pero en su fuero interno, lo sabía. Ordenó la retirada a sus tropas, y dejó a Grera en aquella ciudad como mandataria, pidiendo expresamente a su esposa que no tocase aquel altar, algo que ella obedeció, más que nada porque no tenía ningún interés en quitarlo.

Tras unos días, Kovash encontraría su final a manos de aquella muchacha que, meses atrás, le había hecho sentir algo parecido al miedo. Durante la batalla, Kovash fingió no saber de qué le hablaba ella, usando esa táctica rastrera para que la ira de la chica la hiciera cometer errores. Finalmente fue derrotado en el momento en que la chica pudo ver más allá de la mentira, y recibió su castigo por la muerte de Valan, completando así la venganza de Serafine. Fue ascendido por ser el saqueador que completó las mayores conquistas y matanzas con éxito, cosa que nadie ha llegado a superar.

Kovash es uno de los principales aliados de Grera. Odia y teme a Serafine, y respeta en silencio a Valan. Aprecia la ventaja que Harkon le da en batalla, y aunque en vida rechazaba y desdeñaba a los curanderos, tras casi morir ante Valan y ser curado por completo Elaa se ganó cierto respeto por parte de Kovash, que entendió que la curación es una parte más de la batalla. Desdeña totalmente a Astar, pero no a Eodas, ya que entiende lo que es el amor y la pasión gracias a Grera.

Kovash respeta muchísimo a los artesanos de Vanngar y prohíbe que se les dañe, ya que las armas que crean no solo son útiles, sino imprescindibles para que la guerra siga dándose en el mundo. Admira a Rodgar, aunque no comparte sus métodos, ya que la estrategia no es algo que interese lo más mínimo a Kovash.

Chamanes, brujos y curanderos de Kovash

Los clérigos de Kovash se denominan chamanes, ya que pertenecen a tribus salvajes o bárbaras. Suelen multiclasear como guerreros o bárbaros. Rezan por las noches, alrededor de una gran hoguera donde ofrecen un banquete de carne medio cruda al dios, que luego ellos mismos devoran. Suelen llamar a esto "la comunión de la carne y la sangre".

Cuando un esclavo o un superviviente de alguna incursión es capturado y ya no ofrece ninguna utilidad a los siervos de Kovash, son los chamanes quienes, sobre un altar, les sacrifican entre gritos salvajes y repletos de ciega fe, cortándoles el cuello para que su sangre bañe los altares, ya que es sabido que la sangre de los débiles fortalece a los poderosos.

Cada chamán de Kovash tiene entre sus pertenencias un trofeo, algo arrebatado a un enemigo poderoso al que hayan derrotado durante su respuesta a la llamada, cuando son muy jóvenes. Hasta que no han hecho esta hazaña, no se les considera como parte de la tribu, ni reciben poderes de la deidad, y si lo pierden, sufrirán la ira de Kovash, ya que serán perseguidos por el resto de la tribu.

Tras la batalla y a su regreso al hogar, los chamanes rezan, y si Kovash está complacido, la tribu festeja la victoria. Se cree que estas fiestas son donde se engendran la mayoría de los niños nacidos cada año.

Además de los chamanes, hay otras dos personalidades a tener en cuenta en las tribus:

Los curanderos de las tribus son los druidas de la misma. Ellos son los que ayudan a las mujeres de las tribus a dar a luz, además de curar las heridas de los guerreros tras las batallas. Sirven a Kovash, aunque los curanderos veneran a Elaa.

Los hechiceros de las tribus se denominan brujos (o brujas). Entre sus tareas para la tribu está el leer los huesos para hablar del destino de cada guerrero y ocuparse de las pinturas de guerra que aumentarán las habilidades combativas de sus compañeros de tribu (vamos, los dopan con pinturas de guerra y magia), aunque también son los refuerzos de las tribus gracias a sus destructivos conjuros de área. Los brujos sirven a Kovash, pero veneran a Hala, cosa que no molesta al dios orco porque sabe que la suerte también es importante.

Tribus dedicadas a Kovash

Las tribus dedicadas a Kovash tienen días importantes para aquellos nacidos en las mismas.

El primer día importante es el Nacimiento. Son las curanderas las que hacen de matronas, ayudando a las mujeres a dar a luz. Ellos limpian al niño tras el nacimiento y tras esto curan a la madre. Mientras los brujos les pintan la frente, lanzando los huesos para ver si el niño ha nacido bien, no solo física sino mentalmente. Finalmente, los chamanes muestran el bebé a la tribu alzándolo sobre su cabeza. La tribu grita al cielo y festeja, dando la bienvenida al mundo de uno de los suyos.

El segundo es la Llamada. Cuando cumplen los quince años, los jóvenes son llamados a la tienda de los Ancianos, que son el chamán, el brujo y el curandero más sabios de la Tribu (no necesariamente los más viejos). Es ahí donde se decidirá qué será el (o la) joven de mayor, y son los ancianos quienes lo deciden dependiendo de las aptitudes demostradas durante toda su vida. Si se les considera es dignos, entonces se dedicarán a una de las cuatro labores más respetadas: Guerrero (guerrero o bárbaro), brujo/a (hechicero), curandero (druida) o chamán (clérigo). Si no, se dedicarán a tareas serviles, como curtir pieles, hacer y afilar armas, cocinar, etc.

Dogma

Solo los fuertes sobreviven. Destruye a los débiles y a aquellos que busquen protegerles con especial crueldad. No ocultes tus cicatrices, ya que son un símbolo de tu fuerza. No desdeñes que la sangre de tus enemigos bañe tu cuerpo, ya que eso te hará más poderoso. El honor es una afrenta, una mentira, un engaño de los débiles, que necesitan que los fuertes les den ventaja. Mata a tus enemigos, destrúyelos, pero honra a aquellos que te lo pongan difícil, pues aunque los fuertes sobreviven, también pueden morir.

Saquea cada lugar que ataques, no te conformes con el mero hecho de matar. Lo que haya al alcance de tu vista es tuyo por derecho y si debes matar para quedarte lo que quieres lo harás, porque eso es lo que hacen los fuertes. Jamás sigas órdenes de nadie, a no ser que este sea más poderoso que tú, ya que, si lo es, merecerá respeto hasta que puedas bañarte en su sangre.

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